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domingo, 4 de noviembre de 2012

La primera vez que me robaron.

Rondaba yo los 13 años cuando me robaron por primera vez. Recuerdo que eran alrededor de las 8 de la tarde, era de noche ya que estábamos en pleno invierno, y salía del entrenamiento de balonmano que tenía después de las clases de la tarde.

Cruzando un jardín cercano a mi casa, me pararon tres chicos bastante más mayores que yo.
– ¿Qué llevas en la bolsa? –me preguntaron.
Les contesté que llevaba la ropa (ya que llevaba puesta la ropa de deporte), los zapatos, los libros de clase...
– Dánoslo todo –me dijeron. Traté de negarme, pero uno de ellos me agarró la bolsa y tiraba de ella, al final tras algunos forcejeos se la entregué.
– Y ahora danos también las zapatillas de deporte que llevas puestas.
Me quejé, pero como anteriormente no sirvió de nada, también se las di.

Ellos cogieron todo y desaparecieron en la oscuridad. Yo me quedé en un banco del parque, a oscuras, descalzo, llorando... No sabía qué hacer, no quería presentarme en casa así.

Al cabo de un varios minutos, no sé cuántos exactamente pero a mí me parecieron una eternidad, los chicos volvieron.
– ¿Qué haces aquí llorando? –me preguntó uno de ellos.
– Me habéis quitado todo y no me puedo ir así a casa...
– Toma –me dijo alargando el brazo y mostrándome la bolsa de deporte. Me devolvieron todo lo que me habían quitado y se fueron.

Yo me sequé las lágrimas, me puse los playeros, me eché la bolsa a la espalda y me fui a casa.



Hace unos días recordé esta situación por casualidad, y me decidí a escribirla. Me costó un gran esfuerzo, ya que es una situación dura, y revivirla no me resultó agradable, sinceramente. Pero además, cuando llegué a la parte donde suelo escribir lo que aprendo de cada anécdota que cuento... me quedé en blanco. Y me propuse como reto personal sacar algo bueno de esta situación, y hoy ya puedo terminar este post.

Pues bien, aunque fue una situación dura, creo que aprendí dos cosas:

  1. En el mundo hay personas malas. La mayoría de personas que conozco son "personas humanas", como me gusta llamarlas a pesar de que les extrañe, pero también existen "personas inhumanas", es evidente.
  2. La vida te puede cambiar de manera inesperada en un segundo. Y aunque el robo de una bolsa de deporte y unas zapatillas, puesto en perspectiva, no tengan mucha relevancia, me hacen pensar en las veces que sin esperarlo puede ocurrirte algo que te cambie la vida totalmente, tanto para bien como para mal. La conclusión es la misma: aprovéchala de manera coherente con tus valores, creencias e ideales.
Es cierto que en ocasiones resulta difícil sacar cosas positivas de situaciones desagradables y negativas, pero estoy convencido de que aprendemos de absolutamente todo lo que nos pasa en la vida, también de lo malo.

Saludos,
Raúl.

viernes, 30 de marzo de 2012

En el mundo hay gente buena II

La primera vez que pude comprobar que en el mundo hay gente buena, cursaba segundo de preescolar en el colegio de la señorita Tinita. Bueno, en realidad el colegio no se llamaba así, pero era el sobrenombre por el que se conocía. Estaba situado cerca de la plaza de los Vadillos, en Valladolid.

En aquel entonces yo no era excesivamente travieso, aunque la armaba de vez en cuando. Pero un día se me ocurrió la extraña idea de esconderme detrás de una columna que había justo en mitad del aula, en el centro de ésta, minutos antes de la finalización de las clases.

Una vez que todos mis compañeros salieron del colegio hacia sus casas para ir a comer, salí yo de mi escondite, y me encontré con la directora y una profesora que a punto estaban de salir por la puerta. Me preguntaron qué hacía allí, y yo les contesté que me había escondido detrás de la columna. La directora me dijo entonces que por no haber salido con los demás niños, me tenía que quedar en el colegio encerrado hasta la tarde (después explicaron que ésto no lo dijeron en serio). Y yo como era muy bien mandado me di la vuelta y volví a mi clase con total naturalidad.

Creyendo ellas que había salido por la puerta, cerraron el colegio y se marcharon. A los pocos minutos ya me aburría como una ostra, así que me decidí a abrir la ventana y asomarme. Como la clase daba a una especie de patio interior, en ese momento varios niños jugaban antes de subir a comer  a sus casas. Entonces una niña que me vio asomado por la ventana del colegio, se acercó y me preguntó qué hacía dentro del colegio encerrado, y yo pasé a relatarle lo sucedido.

Apiadándose de mí me preguntó si tenía hambre. Yo por supuesto le contesté que sí. Así que ni corta ni perezosa, marchó corriendo a su casa para bajar casi inmediatamente con un bocadillo de chorizo. No me había zampado ni la mitad de éste, cuando apareció la directora con mis padres, afectados todos de una sincera preocupación. Cuando me pidieron explicaciones por mi comportamiento, me limité a decir que simplemente había obedecido a lo que me habían dicho. Nada más.

Esa fue la primera vez en mi vida, en la que alguien totalmente desconocido hizo algo por mí sin esperar nada a cambio. He de reconocer que ese bocadillo de chorizo me supo a gloria.

El único detalle negativo del día, fue que al llegar a casa ya mis hermanos se habían comido todas las fresas con nata que había de postre ese día. Y es que uno tiene que estar espabilado cuando tiene cinco hermanos...

Saludos, Raúl.

domingo, 18 de marzo de 2012

En el mundo hay gente buena I

Los que me conocen saben perfectamente que mi concepto sobre el ser humano no es especialmente bueno. Creo firmemente que las personas somos puñeteras por naturaleza. Y ejemplos los hay a montones.

Pero hoy empezaré una serie de anécdotas que me han sucedido, que demuestran que existen personas que hacen el bien sin esperar nada a cambio. Y yo, en varias ocasiones, me he beneficiado de ello. Éstas son experiencias que por nada del mundo me gustaría olvidar jamás.

Esta primera anécdota transcurre en un tren que sale de Frankfurt (Alemania).

En un trabajo anterior fui el coordinador de relaciones internacionales de una empresa del sector educativo universitario. Lo que me llevó a realizar varios viajes por Europa. El primero de ellos fue a Austria, más concretamente a Kitzbuhel, en los Alpes austriacos, precioso lugar.

Mi plan de viaje era salir de Valladolid en el autobús de las 2:45 de la madrugada hacia Madrid, sobre las 7 de la mañana volar hacia Frankfurt, ver Frankfurt unas horas y después coger un tren hacia Kitzbuhel, donde llegaría por la noche.

En Frankfurt estaba tan cansado de la paliza del día, que decidí coger el primer tren que saliera para Kitzbuhel, mi urgencia me llevó a coger un billete que me obligaba a realizar tres transbordos para llegar a mi destino.

Ya en el tren me di cuenta de mi equivocación, todas las estaciones alemanas me parecía que se llamaban igual, y no tenía ni idea de dónde me tenía que bajar para coger el siguen tren. Después de unos 20 minutos de viaje, pasó el revisor, y hablé con él, pero no fui capaz siquiera de que me entendiera cuando le dije dónde iba. (La razón era que yo pronunciaba "Kitzbuhel" convirtiendo la "h" en "j" "kitzbujel", pero su pronunciación era más bien "kitzbul").

Me sentía solo, abandonado y terriblemente cansado (tanto que creo que no era del todo consciente de lo desesperada de mi situación). El revisor se acababa de marchar después de mis infructuosos intentos de explicar a dónde me dirigía, cuando dos filas de asientos más allá, se levantó lentamente un hombre mayor, que se acercó y me dijo con un marcado y extraño acento: "¿español?". Inmediatamente se me iluminó la cara.

El hombre iba con su mujer a Kitzbuhel, tenían que hacer el mismo recorrido que yo, así que fuimos juntos todo el viaje (que, evidentemente, era mucho más complicado de lo que yo había imaginado). Me contaron que hablaban un poco de español porque veraneaban todos los años en el sur de nuestro país (no recuerdo exactamente dónde), y que vivían en Suiza. Y que todos los años iban también por esas fechas (finales de enero) a esquiar a Kitzbuhel. Y la casualidad o el destino nos hizo coincidir ese día en ese tren. Y lo que pudo ser un viaje de ida a "quién sabe dónde" y con un retorno improbable, se convirtió en un agradable viaje conversando con una pareja entrañable de unos 70 años. Cuando nos separamos en nuestro destino les di las gracias unas tres mil veces, lo que me siguen pareciendo pocas...

Saludos,
Raúl.